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La novela del fraude. La cultura también hace trampa

ACUÑA, Claudia. “La trampa”. Revista Trespuntos, nº 19, 12 de noviembre de 1997

Published onNov 10, 2020
La novela del fraude. La cultura también hace trampa

El martes 4 de noviembre Ricardo Piglia recibió el Premio Planeta por su novela Plata Quemada. fue la noticia cultural de la semana: por primera vez lo obtenía un escritor de su trayectoria. pero lamentablemente hubo fraude.

"No es difícil cometer un crimen. Lo difícil es borrar sus huellas."
Ricardo Piglia, citando a Sigmund Freud, en su relato Homenaje a Roberto Arlt

Ricardo Piglia está sentado en una silla estrecha, en un estrecho pasillo del tercer piso del edificio que el Grupo Editorial Planeta tiene en la avenida Independencia. Lleva un saco de color anónimo, los grandes anteojos de siempre y la sonrisa cansada de quien ha soportado la faena que supone haber recibido un premio. E1 martes por la noche fue la fiesta en elAlvear Palace Hotel. El miércoles, la tapa de los diarios lo mostraron con la cabeza gacha, sosteniendo un enorme cheque y diciendo:"Los premios son la única manera que un autor tiene de financiarse".Ya jueves, el jefe de prensa de la editorial se jactaba:

—En qué horario te conviene la entrevista? No, él no tiene problemas. Lo tengo acá sentado, recibiendo periodistas.

Es mediodía de viernes y Ricardo Piglia está sentado allí, esperándome.

Piglia en persona es un hombrecito pequeño con cabeza grande, muy amable, muy paciente, extremadamente serio y cuidadoso de sus palabras. Parece lo que es: un profesor universitario que sabe mucho de literatura porque ha dedicado su vida a estudiarla y pensarla. Piglia escritor es otra cosa. Su obra es concisa: apenas seis libros en treinta años. Su prestigio es amplio: colegas y lectores lo consideran uno de los cinco autores vivos más importantes de la Argentina. Ese prestigio es el que puso en juego la noche del premio, cuando Tomás Eloy Martínez, en representación del jurado, anunció que un tal Roberto Luminari había obtenido el premio Planeta, versión 97, con su novela Por amor al arte. En realidad, tal como después lo comprobó un escribano público, el nombre del autor y la obra correspondían a Piglia y su novela Plata quemada. El anuncio, televisado en directo por un canal de cable, no sorprendió a nadie.

Los que colmaron el roofgarden del Alvear Palace Hotel ya lo sabían. Incluso algunos escritores fueron convocados a la fiesta con una contraseña: gana un amigo.

Los libreros también. El Grupo Editorial Planeta había anunciado en su plan de novedades que la novela de Piglia saldría a la venta en diciembre.

Los editores también. Desde principios de mayo, una editora estuvo trabajando junto al autor para cumplir con los plazos que se habían estipulado en el contrato firmado con Espasa Calpe para su sello Seix Barral: en noviembre la nueva novela tenía que estar terminada.

Los periodistas también. Piglia había anunciado en una entrevista que antes de fin de año se publicaría Plata quemada.

Sin embargo, nadie estaba al tanto de la trampa. A último momento, la editorial cambió el destino de Plata quemada: no saldría a la venta sólo como la nueva novela de Ricardo Piglia, sino también corno la ganadora del Premio Planeta.

La novela participó del concurso sin pasar por el comité de preselección y llegó al jurado como una de las diez finalistas. Seguramente, los escritores que integraban el jurado no sabían que la novela no cumplía con un requisito fijado en el punto seis de las bases del concurso que establece que puede participar aquel que "no tiene cedidos o prometidos los derechos de edición, publicación y/o reproducción en cualquier forma, con terceros".

Ahora Piglia —el autor de la ópera La ciudad ausente con Gerardo Gandini y del argumento de la película Comodines con Adrián Suar— está sentado a la cabecera de una larga mesa, sin contradicciones a la vista, contestando preguntas que, sospecho, no esperaba.

—Su libro Plata quemada es casi una fábula moral de amorales. Habla de la violencia, del sexo, de las drogas, de la corrupción. ¿Ésa es su metáfora sobre la realidad de hoy?

—El libro puede ser leído como una metáfora de muchas cosas que yo no comparto. Creo que Plata quemada quiere decir Vida quemada Viven a una velocidad que no pueden parar, como si hubiera un enigma moral, metafisico o como uno quiera llamarlo.

—Usted pone en la plata un símbolo inquietante. Ha escrito: "La plata es como la droga, lo fundamental es tenerla". ¿Por qué?

—Es un símbolo de concentración.La metáfora del ladrón de banco, que es el tipo que va a buscar la plata donde está, es una metáfora popular. El ladrón de bancos es casi el hermano mellizo del falsificador de billetes del que hablaba Arlt.

—Pero el falsificador tiene una imagen romántica. Es casi un artista que fabrica billetes. Sus ladrones son asesinos.

—Sí, pero en este caso la plata no es nada para ellos comparada con la sensación de poder tenerla de esa manera.

—Ya podemos dejar de lado la novela y hablar del premio. ¿Por qué habló de plata?

—Fue deliberadamente.

—¿Por qué? —No quise caer en el lugar del escritor que se otorga una importancia por haber ganado un premio. Busqué cambiar la conversación, establecer otra relación entre el premio y la legitimidad literaria, que para mí pasa por otro lado.

—¿Por dónde pasa?

—Pasa por ese universo de la incertidumbre y por la relación con el lector. Ninguna de estas cosas tienen nada que ver con los premios.

—Sin embargo, usted tiene algunas certezas. Prestigio, por ejemplo.

—Bueno, no sé que es eso. Yo estoy muy contento con el modo en que he ido construyendo un espacio de lectores que están alrededor mío, por lo menos, desde Respiración artificial.Incluso la reacción del premio fue buena.

—Sin embargo, hubo cosas oscuras...

—A ver.

—Por ejemplo, usted ya había anunciado la aparición de esta novela.

—Pero no era ésa. Hay un problema de cronología. Yo estaba trabajando en una novela que se llama Blanco nocturno. Escribí una versión y, como me pasa con todos los libros que escribo, la dejé. Siempre hay un momento en que me parece que lo que escribo no sirve y otro, en el que vuelvo a mirar lo que escribí. Es una fórmula que me hace perder mucho tiempo, pero es mi fórmula.

—No me refiero a Blanco nocturno, sino a este anuncio, publicado el 21 de setiembre en el suplemento Radar del diario Página/12, donde dice: "Ricardo Piglia en unos días viajará a la Universidad de Princeton, pero volverá a Buenos Aires cerca de diciembre cuando Seix Barral publique Plata quemada, su nueva novela, un thriller documental que reconstruye, más de veinte años después, un hecho verídico: el sangriento asalto a un banco de San Fernando".

—Ahí tiene razón (suena un teléfono. Piglia no contesta). Le digo cómo es la cronología de los hechos.Yo iba a sacar el libro antes de irme a los Estados Unidos. Lo terminé antes de irme porque no me lo quería llevar conmigo. No sabía si lo iba a poder terminar en fecha —tenía que viajar en setiembre— pero logré terminarlo en agosto. Ahí me vino la fantasía de publicarlo. Una especie de movimiento por sacarme el libro de encimaY me di cuenta de que no tenía sentido. Me fui a los Estados Unidos con la idea de que el libro iba a salir en diciembre. Y en el interín, en setiembre, se me ocurrió lo del premio.

—¿El libro ya estaba contratado?

—No.

—Sin embargo, en la nota se menciona a Seix Barral, una editorial que pertenece a Planeta, la empresa organizadora del premio.

—Lo que pasa es que con ellos tengo una relación. Se supone que van a publicar mis libros. Lo que quiero señalar es que la relación que puede existir entre mis compromisos con la editorial y el jurado es una cuestión completamente ajena. El jurado es el que decide, en última instancia, el premio.

—Lo que pasa es que una de las cláusulas (el concurso decía que las obras presentadas no podían estar contratadas por ninguna editorial. Eso incluye a Planeta.

—Ah. Claro. Pero en mi caso no había contrato alguno.

—¿Seix Barral no lo contrató?

—Mi relación con ellos tiene que ver con mi obra anterior. Yo hice un arreglo por los derechos de mi obra publicada. Obviamente, eran mis editores. Es decir, yo iba a arreglar con ellos para editar mi libro.Vos viste cómo están las cosas ahora.

—No.

—No hay mucho para elegir.

—¿Qué significa el seudónimo?

—Es una combinación.Tengo un primo, al que quiero mucho, que se llama Emilio Luminari. Hice una combinación entre el apellido de él y el nombre de Arlt. Me pareció que sonaba como un nombre real.

—El concurso no exigía que la novela tuviera un seudónimo.

—Lo mandé con seudónimo porque quería que el libro se defendiera solo.

—Sin embargo, es muy difícil mantenerse oculto detrás de un seudónimo con su personaje Renzi -casi su alter ego literario- metido en la novela.

—No puedo asegurar que Roa (Bastos), Benedetti, María Esther de Miguel y Tomás Eloy (Martínez) conozcan mi obra... Porque por ahí, María Esther de Miguel tiene personajes que se reiteran en su obra y yo no me doy cuenta.

—Pero Renzi...

—Bueno: un lector mío lo suficientemente fiel podrá percibirlo. Por ejemplo, cuando Onetti mandó El astillero a concurso ¿quién pudo no darse cuenta que esa novela era de Onetti? Yo no tengo una marca estilística tan nítida como para que puedan identificarme. Pero uno abre un libro de Onetti y se da cuenta al minuto porque siempre hay una puta que anda por ahí, siempre hay un tono.Yo tengo la fantasía de que cada libro sea diferente.

—Pero Renzi...

—Es cierto que la gente que lee con cuidado puede identificarlo. Incluso creo que en el jurado la primera que percibió que ese libro era mío fue María Esther de Miguel. Pero me parece que esa cuestión no tiene que ver con la lógica del concurso, sino con la lógica de la literatura.

—Pero tiene que ver con la lógica de un mercado bastante cruel que somete a una competencia, que es una gran bolsa de gatos, primeras novelas con autores consagrados.

—Eso es injusto con todos.Yo no puedo hablar mucho de eso, pero éste es un premio al que han mandado libros autores muchísimo más consagrados que yo y han sido finalistas. El grado de prestigio que puedo tener como escritor está muy en cuestión. No te creas.

—Piglia, ahora no puede pecar de humildad.

—Lo que quiero decir es que no me la creo.

—No es cuestión de fe. Es una regla del mercado: un escritor consagrado y el autor de una primera novela no son iguales.

—Pero yo lo veo en relación con este concurso. ¿Qué reacción despertó? Por un lado, una reacción muy buena y por el otro, la reacción de gente que empieza a dar vueltas como si hubiera algo ahí.

—Es que hay algo ahí: la concepción misma del concurso, al hacer competir gente que no está en igualdad de condiciones.

—Tengo que contestar preguntas como si fuera el responsable del estado actual de la literatura. Esto es catastrófico. Porque para que un libro llame la atención ahora hay que armar tanto lio.Y eso no es responsabilidad de los escritores. Los escritores somos víctimas de esta situación.

—De todas formad es un poco fuerte verlo en la primera plana de los diarios sosteniendo un cheque.

—No estoy de acuerdo. La relación entre el dinero y la literatura es interna a la literatura. Los escritores que a mí me interesan —Faulkner, Balzac, Arlt, Brecht— la han puesto siempre en primer plano. Es la sociedad burguesa la que trata que el escritor no piense en esto. El escritor no puede hablar nunca de cuestiones que la sociedad discute todo el tiempo. No creo que haya que escribir para ganar dinero ni creo que haya que poner a la literatura al servido del mercado. Pero después que uno escribió un libro como quiere escribirlo, con los años que le llevó hacerlo, hay que defenderlo. Porque conseguir la mayór cantidad de dinero posible permite conseguir la mayor cantidad de tiempo libre posible para escribir. No me parece que eso sea anti-literario.

—No. Pero tampoco en ese sentido a usted le ha ido mal.

—No, pero trabajo mucho. No te creas. Y a veces quisiera que a esta edad, después de tantos años de trabajo, tuviera la posibilidad de vivir un poco menos urgente. Me parece que esto, por lo menos, debe ser discutido.Yo te podría decir: mirá, a mí lo único que me interesa es el estilo.Y no te estaría mintiendo porque hablar de todo lo demás me parece vulgar.Te podría decir que este premio no tiene ninguna importancia y tampoco te estaría mintiendo. Sin embargo, hablo del dinero porque creo que es un discusión que hay que plantear.

—Quizá hubiese sido maravilloso que al posar para esa foto sacara un encendedor e imitara a los personajes de su novela: quemar la plata es también una forma de hablar de plata.

—Todo lo que yo tengo que decir sobre el tema lo digo de una sola manera: lean la novela.Vean el tipo de libro que escribí y después hablamos. Porque lo mismo me pasó durante la dictadura con la polémica sobre por qué me quedaba, por qué me publicaban. Y dije: lean Respiración artificial. La única respuesta que tiene un escritor son los libros que escribe.

—Usted también dijo, citando a Gombrowicz, que ganar un concurso es una humillación por la que debe pasar un escritor argentino.

—Es una humillación. Y creo que también cualquier premio es una humillación porque supone entrar en un sistema de lectura que es completamente antagónico con la literatura. Pero ninguno de nosotros es responsable de que estas cosas sucedan.Yo no soy responsable de que ahora vos estés aquí. Si la atención pública se suscita porque un escritor gana un premio no es culpa del escritor. ¿Por qué no se suscita sin que el escritor gane un premio?

—Si usted hubiese publicado esa misma novela, sin concursan hubiera suscitado la atención porque no publica tan seguido y porque la relación de la prensa con usted es respetuosa.

—Es muy probable. Pero cada vez más la cultura contemporánea está trabajando con un grado de exposición mayor y los escritores tampoco somos responsables de esa situación. Somos las víctimas.

—¿O los cómplices?

—No es mi caso.

—Usted cree que los escritores son víctimas o nada: no hay alternativa.

—Bueno, hay escritores que son malos, escritores comerciales, escritores que fabrican libros para vender y no los venden y escritores que fabrican libros bajo el pretexto de estar haciendo obras de arte. Ésta es la discusión que podríamos sostener para determinar las víctimas y los cómplices. Pero hay otra discusión posible: ¿qué significa publicar un libro?Y dentro de esta cuestión aparecen los concursos. No estoy hablando de cómo se deben escribir libros, que es otro debate.Y que para mí es el único interesante, sino de cómo se deben vender.Y ahí, si al escritor le va mal, se convierte en una bandera de los bienpensantes.

—¿Porque son buenos o porque les va mal?

—Básicamente, creo que a los escritores que les va mal, en un 99 por ciento de los casos, son buenos. En la literatura argentina es así: los buenos son menos conocidos y tienen mayores dificultades de las que merecerían tener. No es una condición, pero sucede.

—¿Usted qué quiso hacer a la hora de escribir el libro que envió al concurso?

—Un experimento lingüístico. Para mí, el problema fue cómo trabajar el discurso de cada personaje. Es curioso, pero siempre he recibido la crítica contraria a la que me estás insinuando ahora. Me han criticado porque soy muy hermético, porque no me preocupo por los lectores, porque soy un escritor que escribe para los profesores universitarios, lo cual parecía ser para algunos una prueba de no sé qué.

—¿ Y eso le importaba?

—No. Como no me importa esta discusión. Las cosas que me importan en relación con la literatura pasan por otro lugar.Uno escribe los libros que puede escribir y trata de que esos libros encuentren algún lector.

—¿Usted are que la suerte de esta novela hubiese sido diferente sin el premio?

—No hubiera podido ganar ese dinero.

—¿No lo hubiese podido ganar con sus derechos de autor?

—No, por lo menos no lo hubiera podido recibir rápidamente, todo juntó.

—¿Ésa es la condena?

—El dinero no es una condena porque todos tenemos que ganarlo de alguna manera. Lo que tiene que tratar de hacer uno es ganarlo del modo más honesto posible, claro y frontal.

—¿Usted ha sido honesto, frontal y claro?

—Muy claro. No me parece que el tema del dinero no deba entrar en la discusión del trabajo de un escritor, como si viviera en un universo distinto que el de mis lectores. Y hablé de dinero como una provocación. Porque ésa es mi manera...

—¿De defenderse?

—No: de pensar la literatura como algo que no va en la dirección del sentido común.Y hay un sentido común literario terrible en la Argentina.

—No sé bien a qué se refiere.

—Al sentido común que indica que un escritor es una persona fina, que sólo habla de cuestiones espirituales, que debe ser amable con sus lectores, cortés y no crearles dificultades.

—Pero eso no es sentido común. Ésas son pavadas.

—No sé si son pavadas. Pero bueno, pavadas y sentido común a veces se parecen.

—¿El sentido común no es lo que permite diferenciar lo que está bien de lo que está mal?

—Cuando yo digo sentido común digo cliché, digo frases establecidas, digo verdades que nunca han sido discutidas.

—¿Verdades que nadie se animó a discutir?

—Por eso mi posición ha sido clara al respecto: cuando hablo de literatura, no cuando escribo, trato de provocar una polémica, una reflexión. Hay una historia, por ejemplo, entre la literatura y el dinero. Si vos leés el diario de (Rodolfo) Walsh, donde cuenta que un editor, Jorge Álvarez, le pagaba todos los meses para que escribiera una novela y eso en él creaba unos efectos rarísimos, porque pensaba que su productividad no estaba a la altura del dinero que recibía. Marx ha puesto el trabajo literario como ejemplo de un trabajo que era antagónico con el capitalismo porque no era posible medirlo y, por lo tanto, no había manera de pagarlo en el sentido en que la sociedad paga las cosas.

—El sentido común podría indicar que entre Marx y el Premio Planeta hay una distancia importante. ¿Se está justificando?

—No estoy hablando de esto con relación al premio, sino a la literatura.

—Y si hablamos de literatura y no de dinero ¿cuáles son sus obsesiones?

—No tengo obsesiones. Ésas son palabras para Sabato, que sería el ejemplo del escritor que se torna en serio y al que toda la sociedad le cree porque lo considera la conciencia moral del país.

—No sé cómo tomar lo que me está diciendo.

—Que yo no pienso la literatura desde ese lugar.

— Pero usted nombra a Sabato y marca una distancia.

—Es que, al revés que muchos en este ambiente donde Sabato es un escritor muy desprestigiado, a mí sus libros me parecen interesantes. La figura de él crea los problemas, no sus libros.

—Pero usted se refería a Sabato como la imagen de un escritor que se inmola a partir de su rol, no de su obra.

—Sí, creo que ahí tenemos un ejemplo.

—El otro ejemplo podría ser Borges, que parecía desentenderse de las cuestiones financieras de la literatura.

—Sin embargo, en su literatura el tema está presente. En El Zahir habla del dinero. Pero está bien decir que ha tenido una actitud desentendida, pero también que tuvo que hacer, para ganarlo, muchas más cosas de las que hubiera querido hacer.

—El otro modelo podría ser Roberto Arlt. Me impresionó un texto que escribió usted, atribuyéndoselo a Arlt, sobre el rol del escritor.

—Seguro que hay algo sobre el dinero.

—Hay algo;. "En nuestro tiempo el escritor se cree el centro del inundo. Macanea a gusto. Engaña a la opinión pública consciente o inconscientemente. Todos nosotros, los que escribimos y firmamos, lo hacemos para ganarnos el puchero. Nada más.Y para ganarnos el puchero no vacilamos en afirmar que lo blanco es negro y viceversa. La gente busca la verdad y nosotros le damos moneda falsa. La gente are que recibe mercadería legítima cuando apenas se trata de una falsificación". ¿Ése es usted?

—Ésa es la tradición que de alguna manera también representa Brecht, por eso puse una cita suya en Plata quemada.

—¿Pero ése es usted?

—Es una combinación de las cosas que Arlt pensaba y de esa tradición en la que me inscribo y que piensa la literatura como una práctica difícil de incorporar a la sociedad.

—Creo que nos estamos acercando a una explicación de su actitud con el Premio Planeta.

—El concurso concentra ese problema al grado más extremo porque pone las cosas sobre la mesa. Yo respeto mucho a los escritores que deciden no mandar nunca su obra a un concurso. Pero me parece que no puede hacerse una clasificación moral a priori a partir de eso. Hay que ver qué libros escriben. Si no, sería facilísimo: para ser un buen escritor uno no debería participar de ningún concurso.Yo, por ejemplo, sé que jamás sería jurado. No quiero ocupar el lugar del tipo que juzga la literatura.

—¿Y cuál es la diferencia?

—El lugar del escritor que ofrece su libro como una mercancía para que circule en el mercado. Por eso trato de que, cuando el libro esté ahí, sea lo más honesto posible. Después, tengo estrategias personales para sobrevivir a esto. Me voy. Como me voy cuando dejo de publicar durante cinco o seis años o como ahora, que me instalo en Princeton y me convierto en profesor universitario. No me interesa trabajar de escritor premiado.

—En el trayecto registrado en ese diario que lleva desde que era adolescente, ¿qué cambios ha notado entre lo que quiso ser y lo que es?

—Veo cambios en mi letra manuscrita, en mi estilo, pero diría que persiste lo que persigo: decir del modo más fluido posible las cosas que me interesaría decir. Y desde entonces escribo libros para ver si alguna vez eso puede ser dicho. Por lo tanto, mi discurso no va a cambiar por seducción externa.Y eso no es tan fácil. No te creas. Porque siempre se tiene la tentación de decir lo que el otro está esperando que uno diga.

—¿Ahora intenta ser sincero?

—Estoy intentado ser sincero y sé que hemos tenido un diálogo franco.Trato de expresar algo que tiene que ver con mi relación personal con la literatura, el dinero, los lectores. Distinto sería si me pidieran un artículo sobre el tema.A veces estoy tentado de no dar más entrevistas...

—Pero está acá sentado desde hace dos días...

—Es que también me digo: bueno, vamos a intentar hablar con esa gente que dice estar interesada en mis libros.

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