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Literatura en revista

Magazín Literario, Número 2, Agosto de 1997

Published onOct 02, 2020
Literatura en revista

En el acto de presentación de Magazín Literario hablaron Luis Felipe Noé, Ricardo Piglia, Rafael Spregelburd y Martín Rejtman. Ingrid Pelicori leyó una carta (ficcional) de Manuel Puig. A continuación se reproducen las palabras dichas por Ricardo Piglia. Se exhibió además un video (realizado por Natalia Giono) en relación con el dossier del número uno: cine y literatura.

Cuando conocí el proyecto del magazín literario recordé instantáneamente la experiencia que habíamos hecho hace treinta años, cuando Héctor Schmucler llegó de París con la idea de hacer en Buenos Aires una revista parecida a la Quinzaine Linéraire. Hicimos, entonces, esa revista que se llamó Los Libros, que empezó siendo un intento de reproducir el proyecto francés. Era una revista que, básicamente, se ocupaba de informar sobre todos los libros que se publicaban durante el mes. Pero no bien empezamos a publicarla, la propia realidad y las propias discusiones de la cultura argentina la fueron transformando y nos fuimos alejando, cada vez más, de lo que había sido el proyecto original. De hecho, la revista se convirtió en un punto de referencia para una serie de debates de la crítica y de la literatura argentina de los 60 y 70 y acompañó los procesos de politización de aquellos años.

Estoy seguro de que Magazín Literario, que aparece ligada a una revista de mucha tradición y de mucho prestigio, también irá ajustándose a los debates del contexto dentro del cual esta revista va a ser leída. Me parece que las revistas tienen, lo sabemos bien, una función sumamente movilizadora en el plano de la cultura y de la literatura.

En este sentido, no sólo se podría hablar de la relación "cine y literatura", como es el tema del número inicial, sino también de la relación entre la literatura y las revistas. Porque esa relación, me parece, podría permitirnos hacer una historia de la literatura que fuera paralela quizá a la historia de la alta cultura, de los grandes libros, de las obras maestras, de los libros sagrados del canon.

En el proceso de aparición de revistas, podríamos ver circular no solamente nuevas generaciones que traen poéticas diferentes y posiciones polémicas, sino también la apertura de espacios dentro de los cuales surgen debates y textos que no tienen lugar en otro lado. Yo me acuerdo de que cuando nosotros empezamos con Los Libros nuestro objetivo era hacer una revista que fuera en contra de los suplementos de los diarios. Queríamos hacer una revista que hiciera todo al revés de lo que hacían esos suplementos.

Queríamos hacer una revista en la que el tratamiento de la literatura no fuera tan estrictamente periodístico como el que aparecía en los suplementos de los diarios. Empezamos a pensarla entonces en términos de oposición a un espacio de circulación de la cultura como eran los suplementos Literarios. Sería muy bueno, también, que el Magazín literario tuviera como punto de referencia un espacio diferente al espacio de circulación de la cultura y la literatura de los suplementos literarios que, por una serie de motivos, es un espacio muy degradado desde el punto de vista de lo que serian los debates verdaderos de la literatura argentina, de la literatura contemporánea. Por lo tanto, me parece que todos los escritores esperamos siempre que las revistas ayuden a crear esos espacios donde la cultura pueda ser discutida con un sentido más interno, más específico. Instantáneamente pienso, porque veo aquí algunos amigos que tuvieron que ver con ese proyecto, en lo que fue la experiencia de Babel, por ejemplo. Una revista que, me parece, también marcó un momento y también dio lugar a la aparición de una serie de nuevas poéticas y de nuevas discusiones sobre la cultura y sobre la literatura.

En resumen, la relación entre la literatura y las revistas es una relación íntima. Muchos de los grandes géneros, incluso el género policial, surge a partir de la relación que Poe establece entre la noticia policial y la construcción de un caso que pueda ser resuelto en el interior de una sola nota. Podríamos pensar que el cuento policial surge como una alternativa frente a la noticia policial. No sólo nace así, sino que, además, los primeros cuentos policiales se publican, por supuesto, en un diario y están pensados para un público que no es el público específico de las librerías.

Del mismo modo, podríamos pensar en la extensión de los textos de Borges, esa cualidad tan particular que tiene su escritura, esa concentración que (a menudo se piensa) es la concentración de alguien que ha tenido siempre un límite y que ha sido el límite que le marcaban la revista Sur o el diario Critica o la revista El Hogar. Por lo tanto, también las revistas tienen, en este sentido, algo que ayuda mucho a pensar la literatura: la constricción. A menudo, la gente cree que cuanto más libre es un escritor tiene mayores posibilidades de desarrollar la imaginación.Y a veces son, justamente, las restricciones las que ayudan a disparar la imaginación.

Por fin, voy a referirme al tema de este primer número, cine y literatura, que me parece muy auspicioso. Desde Sartre en adelante, todos los novelistas del siglo XX han contado la experiencia de ir al cine por primera vez. Y me acordé, por lo menos, de dos experiencias de novelistas argentinos en relación con el cine. Una es la de Bioy Casares. Bioy cuenta que su madre no lo dejaba ir al cine porque tenía miedo de que se volviera muy paliducho y muy poco deportista. Pasaban los veranos en Mar del Plata y la madre, que iba al cine habitualmente, le impedía a Bioy que lo hiciera y lo obligaba a ir a la playa. Entonces Bioy contaba algo que me parece fantástico en relación con lo que puede suponer el cine para un chico, y es que él esperaba en la rambla de Mar del Plata, donde había dos cines, la salida del público, porque tenía miedo de perder a su madre. Tenía miedo de que la madre se quedara pegada a ese mundo de imágenes y de no poder encontrarla, en la cantidad de gente que salía del cine. La relación entre esa mujer, que podía perderse en el mundo de imágenes, y ese chico que esperaba me parece que tiene mucho que ver con el universo de La invención de Morel.

La otra experiencia que, creo, podría ayudarnos a entender este corte entre el cine y la literatura es, por supuesto, la experiencia de Manuel Puig. Porque Manuel Puig hacía al revés de Bioy: él iba al cine con su madre a ver las películas que veían las mujeres. Entró así en un tipo de sensibilidad, en un tipo de sentimiento, en un tipo de percepción de cierto universo sentimental y novelístico vinculado con la experiencia de haber ido varias veces por semana, durante la tarde, a la hora de la siesta, al lado de su madre, esa mujer inolvidable para él, a ver las películas que iban a ver las mujeres en los pueblos.

Y si ustedes me disculpan, terminaría con una historia personal que tiene que ver con mi primera experiencia con el cine y que, en mi caso, se conecta, de una manera extraña y tangencial, a la religión. En la iglesia de Adrogué había un cura que, si nosotros íbamos a misa, al salir nos daba un vale para que pudiéramos ver en el cine de la parroquia las películas en episodios que se daban en aquel tiempo. Por ejemplo, Dick Tracy y Flash Gordon. Todos íbamos a misa, por supuesto, y el cura vigilaba que nos quedáramos hasta el final, para recién ahí darnos la entrada que nos permitía ver en el cine los episodios que siempre nos dejaban con las ganas de volver a misa el domingo siguiente, para completar el final de esas historias. Para mí, entonces, siempre hubo una relación extraña entre la religión, la mística, el cine, la literatura, y todas esas cosas me fueron evocadas por este primer número de Magazín Literario.

10 de julio de 1997

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