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"La vanguardia ve a la cultura dominante como algo a lo que hay que poner en cuestión"

IPARRAGUIRRE, Sylvia (coor.). La literatura argentina por escritores argentinos: narradores, poetas y dramaturgos, Biblioteca Nacional, 2009

Published onFeb 27, 2022
"La vanguardia ve a la cultura dominante como algo a lo que hay que poner en cuestión"

— ¿Considera que el poeta ocupa hoy el lugar del verdadero intelectual?

— Estoy pensando eso cada vez más. El contexto de esa definición habla de un debate acerca de la figura del intelectual; según algunos, hemos pasado de la figura del intelectual a la Sartre, digamos, que interviene en el debate social y se compromete a partir de un saber específico, que a menudo era el saber del escritor o del filósofo, a otro tipo de figura más en la línea de Foucault, según la cual el intelectual sería un especialista en un campo y su politización tendría que ver con ese campo específico, al que limitaría sus intervenciones. Yo no estoy muy de acuerdo con esa definición, que tiende a poner a la división del trabajo como clave de la identificación. Sí creo que hay una crisis de la presencia del intelectual en la sociedad, pero no por los intelectuales, en todo caso, sino porque la sociedad ha encontrado otro tipo de voceros. Y es en ese marco que me parece que habría que recuperar la tradición de ciertos poetas que han tenido mucho peso en algunas discusiones, a partir de una observación muy específica sobre el lugar del lenguaje, para empezar. Es decir, el lenguaje corno un campo de circulación de cuestiones, y la necesidad de enfrentar el lenguaje estereotipado, cristalizado, con un tipo de elaboración más intensa. La poesía sería en ese sentido una especie de laboratorio muy intenso de campos sociales de discusión. Desde luego, podríamos pensar en José Hernández, no hace falta irse muy lejos: después de todo fue un poeta que tuvo una función decisiva en la discusión de tradiciones y cuestiones. Aunque también podemos pensar en otros, en Brecht, por ejemplo. Eso es algo que estoy pensando, no es algo que tenga construido. Y tengo ganas de escribir algo sobre esa cuestión, de una figura de intelectual que por lo tanto es menos pública, más ligada a espacios alternativos, más conectada con una sociabilidad más personal, personalizada.

— ¿Esto se vincula con su pronunciamiento en torno a aparecer lo menos posible en los medios masivos?

— Bueno, sí. Cada uno tiene su manera de entender ese asunto. Pero yo creo que la escena de los medios se ha convertido en un lugar donde pareciera que hay que tener una posición respecto a eso. Mi posición, en general, es tratar de estar lo más distante posible de esa escena, que no me parece muy interesante, con usos del len-guaje muy esquemáticos y con la cuestión que conocemos, de la que todo el mundo se queja: falta de tiempo si estás en la tele, falta de espacio si estás en un medio gráfico. No veo por qué un escritor debe someterse a ese tipo de restricción. Salvo que tenga intervenciones puntuales, muy conec-tadas con situaciones específicas. Pero me parece que uno de los elementos que funcionan hoy en la discusión tiene que ver con el modo en que los medios han intervenido en la preconfiguración de lo que se entiende por cultura.

— A eso alude cuando contrapone el concepto de "tradición" al de "canon".

— Claro. Canon es una palabra que los medios han hecho circular. Desde luego que siempre existió un repertorio de libros referentes de la cultura, ligados a la enseñanza; en principio, el canon es un espacio académico sin el cual no se puede enseñar, son los textos que es posible citar en una discusión literaria dando por sentado que quienes intervienen los conocen; es difícil establecer una conversación sobre literatura argentina si no se sabe quién es José Hernández. Todos hemos pasado por ahí, en el secundario hemos leído a desgano textos de literatura española, en fin. Pero esa noción pasó a convenirse en una especie de ranking, de handicap, porque los medios son los que necesitan tener ahora un índice de quiénes son los escritores a los que pueden poner en la tapa del suplemento, o a quiénes pueden hacerle una nota de dos páginas o de media. Como en realidad tampoco han tenido mucho tiempo para formarse para saber quiénes son, o para tener su propia posición, prefieren el debate sobre quiénes son los escritores canónicos, los que lo van a ser, etc. Pero ese debate no es el de los escritores; nuestro debate es sobre tradiciones, en todo caso. Cuando decimos "Macedonio Fernández" estamos diciendo una tradición de la literatura argentina que sigue con Borges y Marechal; no estamos pensando en figuras fijas ni en libros estabilizados, sino en el uso que el presente hace de tradiciones y posiciones y polémicas que fueron muy intensas y que lo son todavía. Arlt y Borges, para nosotros, cuando empezamos a discutir literatura en los 60, eran dos grandes escritores, pero sobre todo dos tradiciones: por un lado estaba la de Sur, que suponía una concepción, y por otro estaba la de Boedo, una tradición popular, en fin. La discusión rondaba en torno a si eran anta-gónicas o si se podían articular. Los nombres de los escritores, aparte de la experiencia misma que uno tiene de la lectura, tienen que ver con esa idea que toma a la literatura como un campo que se reactiva continuamente. Cada tradición tiene su propia manera de entender la historia literaria y política, la relación entre lenguaje y sociedad, etc. Por eso digo que la tradición es un concepto más productivo que el canon.

— ¿Y hoy ve a la tradición como un concepto activo?

— Creo que no. Por supuesto que ha sido muy discutido. Tenemos algunas referencias que podemos tomar; a mí me interesa mucho el modo en que Walter Benjamin trabaja la noción de tradición. Me parece que en la izquierda hay una noción: la tradición de la clase obrera, de las clases populares, de las luchas. Nosotros, en tanto hombres de izquierda hoy, tenemos muy clara la idea de que es necesario recuperar tradiciones, y que esas tradiciones están en lucha y no son únicas. Benjamin ha trabajado mucho esa idea, que plantea que "la historia" sería la de las clases dominantes, que recuperarían en el pasado aquello que confirma la dominación actual; en contrapartida, entiende y define tradición como la tradición de los vencidos, y por lo tanto una tradición discontinua que tiende a recuperar los restos del pasado, él dice "los muertos que han sido olvidados y es necesario recordar". Por lo tanto es necesario tener clara la relación entre el presente y el pasado y no confundir un espacio con el otro. Yo creo que debemos discutir la noción de tradición, un concepto del que por lo general se ha hecho cargo la derecha; ser tradicionalista en Argentina son los gauchos que salen a desfilar.

— ¿Por qué dice que lo emocional está más vinculado con la lectura que aquello que "parece importante"?

— La lectura no es una práctica que se realiza fuera del mundo; uno lee con los sentimientos que tiene antes y después de leer un libro. En El último lector he tratado de construir eso: qué rodea a la escena de lectura. Y no sólo qué sucede en la escena; es decir, alguien está en la terraza de su casa, leyendo, o en un sillón, y es la medianoche, ¿pero de dónde viene ese sujeto que está leyendo, adónde va después, qué relación hay entre lo que está viviendo y el momento este? A esa conexión me refiero cuando digo que la lectura es también una práctica y una experiencia, y que a menudo es una respuesta a situaciones que uno está viviendo en el presente, en el presente en el que lee, y también produce efectos. Yo digo muchas veces algo que es obvio: nos hemos matado más por libros y por la lectura de ciertos libros, que por otro tipo de problemas. O nos hemos matado tanto por eso como por otros motivos. Nos hemos matado por la lectura del Corán, o de la Biblia, o de El capital: eso ha tenido que ver también con cuestiones que no se pueden entender sencillamente viendo a la lectura como una práctica aséptica, donde un sujeto se aleja. Lo que he tratado de ver, justamente, es el punto en el que la lectura se toca con prácticas políticas, sociales, escenas de poder, relaciones sentimentales, en fin. La figura de Guevara en El último lector sería un ejemplo de esto.

— ¿En qué consiste esta especie de divisoria de aguas que usted traza entre los intelectuales o escritores que estructurarían sus mundos basados en la lectura, el pensamiento y la reflexión, por un lado, y por otro los que contarían a partir de una vinculación más directa con el mundo, en el sentido de la práctica?

— Esa última hipótesis plantea que un escritor está inmediatamente ligado a lo real y a la experiencia, por decirlo así. Un escritor que actúa como cualquiera, que trata de que su carácter de escritor esté borrado y de que lo que aparezca sea un lugar ligado a la expe-riencia de todo el mundo. Me parece una construcción muy sofisticada y, más allá de que se la enuncie como una simple posición, no me parece una construcción ateórica. Más allá de que el sujeto lo formule de ese modo o no, es evidente que tiene que ver con toda una noción de qué relación hay entre la escritura y la verdad; ¿por qué la literatura debería estar alejada de la práctica, de modo que sea necesario borrarla, como si fuera un elemento que podría perturbar la relación del sujeto con la realidad? Esa línea, que es histórica, clásica, se ha opuesto a otra que tiende más bien a pensar en el lenguaje, a poner esa relación en puntos de discusión más explícitos, y a pensar la escritura como una práctica más, y por lo tanto se establecen las relaciones de esa práctica con otras funciones de la sociedad. Y entonces uno podría encontrar también ahí una gran tradición de escritores que han hecho de eso un lugar de reflexión. Esto es aparte de la calidad de los textos. Ninguna de estas posiciones garantizan nada, sencillamente. Son posiciones, mitos de escritor. Cómo se quiere presentar un escritor. Se puede presentar como Hemingway, que era un tipo refinadísimo, un escritor de vanguardia muy elaborado, pero que se mostraba a sí mismo como un guerrero, un conquistador de mujeres, uncazador de leones, un boxeador, no sé. Gran figura. Y los medios de masa lo capturaron de una manera extraordinaria. Porque la cultura que los medios sintetizan, para volver a ellos, es muy antiintelectual.

Y habitualmente capturan la figura del intelectual cuando éste se pone al servicio del discurso intelectual. Les gusta ese tipo de tipo de intelectual. Por supuesto que yo estoy en la otra tradición, de eso no cabe niguna duda. Pero insisto, ninguna de las dos tradiciones garantiza la calidad de los textos. Aquí digo lo que dicen los españoles sobre los toreros: su coraje no se discute, está sobrentendido. Después se discute la técnica que el tipo tiene, si hace la verónica de esta manera o la otra, pero se da por hecho que el tipo tiene coraje. Acá el talento también es algo que está supuesto: estamos hablando de escritores talentosos. Y luego empezamos a ver qué grado de discusión tienen sobre lo que hacen.

— Martín Prieto evalúa, en su Breve historia de la literatura argentina, que su obra tiene más peso desde lo ensayístico que desde lo narrativo. ¿Cómo observa usted esos "carriles" en su obra?

— No leí el libro. Es una opinión. Por lo pronto, yo no establezco diferencia; no me pienso un escritor distinto cuando hago una cosa o la otra, ni tampoco valoro más una cosa o la otra. Hay textos míos que me gustan que son relatos y textos que me gustan que hice podemos decir, ensayos, y cada vez tiendo más a escribir algo que está a medio camino. Me parece que si algo hice... no sé si puedo decirlo ya, pero me parece que algo hice con eso en el sentido de haber encontrado una cosa que me parece propia; no es que yo la haya inventado, seguramente hay muchos que ya lo hicieron. Pero me parece que un escritor tiene que encontrar su campo propio y su voz propia. Y tiene que estar firme ahí. A algunos les gustará y a otros no, pero es lo que yo hago. Como siempre sucede, los lectores se han dividido: a algunos les gusta más Plata quemada y a otros Formas breves. Pero a mí también me pasa con Borges, o con Joyce. Es inevitable.

— ¿Qué es la vanguardia hoy?

— Un poco todo esto que hablarnos: la vanguardia es una posición que no ve a la cultura como una cosa natural, sino como algo histórico, político, donde hay posibilidades de intervenir. La vanguardia ve a la cultura dominante como algo a lo que hay que poner en cuestión. Para mí tiene que ver con esa capacidad de ver a la literatura como una cosa histórica, como algo que de pronto se vuelve estereotipado y es necesario enfrentar con ideas de renovación. Los que yo llamo escritores de vanguardia jamás en su vida se autodesignarían así. Yo termino por decir que para mí los críticos tendrían que ser de vanguardia; los escritores, pobres, hacen su obra como pueden. Hace falta crítica de vanguardia, gente que tenga una cabeza menos llena de prejuicios respecto a cómo entender la literatura.

— En los últimos tiempos hay críticas en las que, por ejemplo, se descalifica una novela simplemente porque trata temas sociales y se la tilda de "excesivamente realista".

— Es que por lo pronto, como sabemos, hay modas. O momentos. En algún momento no se podía escribir sin tener presente la poética realista y el realismo era elpunto de organización del canon literario. A partir del lugar dominante de Bor g es, que habla, padecido con su literatura esta idea de que el realismo era la base, el realismo empezó a declinar y parece que nos hemos pasado del otro lado y se tiende a mirar peyorativa-mente textos que pertenecen a una tradición que en la literatura argentina es riquísima. Pero yo veo en los poetas, que a mí me interesan mucho, una revitalización de la idea de volver a la realidad. Van al barrio y escriben sobre ellos, sobre las experiencias. Más allá de lo que se diga por arriba, esa tendencia de ir a la realidad está muy presente. Por lo pronto yo he hecho esa experiencia con Plata quemada. Y todo el lío que se armó con esa novela me parece que tiene que ver con el tema y con el tipo de realidad que se trabaja ahí, porque esa novela está muy en la tradición del realismo. Así que estoy de acuerdo: hay que crear un neo Boedo.

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