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Heller: La carcajada liberal

"HELLER, la carcajada liberal", Revista Los Libros, Núm 1, Julio, 1969, pp. 11-12

Published onNov 11, 2020
Heller: La carcajada liberal

“Todo confirma la impresión (escribía el novelista Bruce Jay Friedman) de que Norteamérica está atrapada en una nueva cadena de locura a lo Jack Ruby, y que se generaliza un nuevo comportamiento que necesita un nuevo estilo de novela: cada uno de nosotros tiene un pie en el manicomio”. A partir de la década del 60 la mejor literatura norteamericana nace en función de ese “nuevo estilo de novela”: Thomas Pynchon, William Burroughs, John Barth, J. P. Donleavy, Joseph Heller y el mismo Friedman entre otros, han comenzado a recrear, a través del absurdo y de la sátira macabra, la atmósfera grotesca de la Gran Pesadilla Americana. Conectados a una rica tradición nacional2 parten de los procedimientos de la novela cómica para intentar una apertura hacia la narrativa de vanguardia. Dispersión onírica, escritura surrealista, pasaje del énfasis patético a la sátira y el grotesco, utilización de la parodia y del nonsense, son algunas de las cualidades que permiten enlazar a un grupo de obras que están hoy, sin duda, mucho más adelante que las melancólicas piruetas de la nueva novela francesa o que la exitosa vertiente “tropical” de la narrativa latinoamericana de los Asturias, Carpentier y García Márquez. Trampa 22 es un excelente ejemplo de esta escritura cómica que busca recuperar el espesor de una realidad amorfa y obsesiva, cuyo “clima psíquico” (como lo llama Heller) es una comedia del absurdo.

Trabajando simbólicamente la tensión entre Autoritarismo y Razón Privada, Heller narra la epopeya de la desintegración de una conciencia y hace de la locura el único “tema” de Trampa 22. A partir de un escuadrón de aviadores norteamericanos destacados en una isla cerca de Italia durante la Segunda Guerra, construye una pesadilla delirante, un mundo arbitrario y claustrofóbico en el que las únicas salidas son la sinrazón o la obediencia. Al negarse a admitir el silogismo que confunde racionalidad con disciplina, Yossarian, el protagonista, “ha decidido volverse loco”. Su locura no es otra cosa que la adhesión a una lógica que está del otro lado de la guerra, una defensa ciega de su individualidad:

—Están tratando de asesinarme le dijo Yossarian con calma.

—Nadie está tratando de asesinarte exclamó Clevinger, tajante.

—Entonces ¿por qué me tirotean?

—Tirotean a todo el mundo. Tratan de asesinar a todo el mundo.

—Bueno ¿y dónde está la diferencia?

Paranoico, agresivo, la “enfermedad” de Yossarian es un intento de restaurar el orden: todos sus gestos traducen la nostalgia de una Razón Perdida en el vértigo de la historia. Como Nick Adams, como Quentin Compson, como Holden Caufield, Yossarian es un joven Hamlet: “indeciso, desventurado, desilusionado, indisciplinado, mal ajustado, inmaduro”. Sin pasado, sin otro espesor que el de sus actos, puesto en situación desde el comienzo, lleva su inteligencia hasta los límites: es un racionalista y su delirio es la protesta de un pensamiento larga- mente adiestrado. Por eso, calcula rigurosamente sus movimientos y, al fin, cuando decide negarse a seguir volando es consciente de las consecuencias y los riesgos de ese intento de hacerlos “entrar en (su) razón”. De vez en cuando, sin embargo, se descuida, lleva demasiado lejos su representación y se deja ganar por el delirio general: entonces se desnuda, se trepa a un árbol y desde allí filosofa, se entristece. “Morir o no morir, he ahí el dilema”, susurra. Carece de ironía, más bien es lúgubre, levemente ridículo. Un Buster Keaton solemne y melancólico perdido dentro de un film de los Hermanos Marx. La increíble eficacia cómica del texto no viene de él: nace de la complicidad entre el lector y el personaje más enigmático y absorbente de toda la novela: el Narrador.

Detrás de la vertiginosa sucesión de personajes, que giran, luchan y se agreden hablando todos a la vez, se vislumbra una presencia ambigua: voz sin cuerpo, ciegamente encadenada a la acción, convierte el caos en un relato. Cautelosa, omnisciente, durante páginas y páginas se obstina en demostrar que está dispuesta a decirlo todo: persigue por los recovecos del texto a Yossarian, a Naterly el “recién nacido”, al mayor Mayor Mayor, al oscuro capitán Black, los reúne, los amontona, los hace callar. Los acontecimientos se deslizan con tal velocidad que para instalar un orden el relato salta de un lado a otro, se repliega, gira sobre sí mismo y acaba por quebrar la superficie misma del texto3 haciendo de la escritura un espacio absoluto dentro del cual se desenvuelve y se agota toda la lógica de la narración. Escrita en tercera persona, construida sobre círculos concéntricos que dibujan una textura que (como acertaba Norman Mailer) “nos recuerdan un cuadro de Jackson Pollok”, sin duda esa euforia de la “narratividad” es el procedimiento más cómico del libro. De todos modos no es el Narrador sino el idioma quien se pliega al delirio: ruptura del espacio del texto, juego de palabras, chistes absurdos, discursos, interrogatorios: sobre el escenario del lenguaje se despliega la comedia de una racionalidad. Llevando hasta el límite esta autonomía textual, Heller hace de la Historia una trampa fechando la novela en un contexto preciso, pero falso: al instalar en 1945 la atmósfera (y ciertos datos) del macartismo, el texto pierde “verdad” histórica en beneficio de una realidad mítica, simbólica. Este procedimiento es uno de los hallazgos más felices de toda la novela: al fortalecer la irrealidad alegórica, convierte a esta guerra “que los oficiales americanos hacen entre sí”, en un espacio fuera del tiempo. Metáfora grotesca de la sociedad norteamericana donde se despliegan y conviven todas las tendencias “negativas” y autodestructivas del sistema. Ubicado en este Inferno4 antidemocrático, Yossarian vive la nostalgia del New Deal: privado de historia, perdido en la opacidad del presente, es un expulsado del paraíso: su “locura” es un regreso a esa infancia feliz donde la Libertad estaba garantizada y los norteamericanos progresaban hacia el Bien y la Verdad. Cuando los oficiales, hacia el final, le ofrecen un pacto, garantizándole la vuelta “a casa” a cambio de la abdicación de sus principios, Yossarian vuelve a enfrentarse con esa perversa “lógica inmoral” que lo ha obligado a refugiarse en el delirio, Conflicto de conciencia que recupera y sintetiza la tensión entre Obediencia y Razón que estructura la novela, la deserción de Yossarian es, como su locura, un abandono, el triunfo de una racionalidad esquizofrénica. Como su locura, es un suicidio postergado.

Kennediano avant la lettre, su rebelión contra las arbitrariedades y la injusticia, su crítica a la inmoralidad, son una ratificación de su confianza en el Sistema. Es otro Joven Héroe Americano y al huir, se reencuentra con una larga serie de “fugitivos” que va desde Huck Finn hasta Henderson, el rey de la lluvia. A diferencia de todos los demás, el Viaje de Yossarian es un “triunfo moral”, una confirmación del humanismo liberal que hace de él, antes que un desertor, un hijo pródigo.

A partir de un anarquismo antiautoritario y de una consciente elaboración de las conquistas formales de la vanguardia5 Heller lleva hasta el límite las posibilidades de la novela liberal, de caudalosa tradición en la literatura norteamericana. Un final conformista, cierta reiteración de procedimientos y un manejo a veces exterior de los juegos verbales, no alcanzan a desmejorar un texto que está, sin duda, entre las cuatro o cinco novelas más importantes publicadas en Estados Unidos en los últimos diez años.

NOTAS

1. Revista Los Libros, No 1, julio 1969. Acerca de Trampa 22 de Joseph Heller.
2. Que habría que rastrear en Mark Twain, en Ambroce Bierce, en Ring Lardner, en la obra admirable de Nathaniel West para llegar incluso al Faulkner de la saga cómica de los Snopes.
3. Desde el diálogo entre un personaje y un texto:
“Requiere mucho talento no ganar dinero –escribió el coronel Cargill–. Desígnenme un poeta, un gran poeta que gane dinero.
—T. S. Eliot –exclamó el soldado de primera clase W. desde su piecita en el cuartel general de la 27a. Fuerza Aérea y colgó rápido el auricular–”.

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